EL MISTERIO DEL GRAN NAVÍO
Vestida de arlequín, relataba mi rutinaria tanda de historias y cuentos. La gente a mi alrededor se aglomeraba y escuchaba, atenta. Los niños reían y de vez en cuando, se asustaban. Los adultos y jóvenes miraban hacia abajo, pues ahora estaba sentada.
De pronto y como si el mar hubiera lanzado un temible rugido, un estruendo inmutó a la multitud, hubo un silencio absoluto. La gente se esparció y comenzó a caminar hacia la playa. Yo me quedé sentada cerca del kiosco, en el suelo, no podía moverme, el sonido me había impresionado.
Había sido un barco, eso era seguro. Entonces, me levanté. Caminé hacia el torrencial de gente. Todos miraban asombrados el gran navío. En mi vida había visto algo similar. Era enorme. En un segundo el cielo se nubló y empezó a llover. La gente empezó a marcharse. Yo me quedé ahí, mirando. Había algo que me atraía. Y no era la magnitud de aquella embarcación.
Al día siguiente caminando por el zócalo, me detuve en un puesto de revistas. Leí como siempre los encabezados de los diarios. Todos anunciaban la llegada del gran navío. Las autoridades marítimas desconocían su procedencia. Intentaron acercarse pero tenía como un escudo que no dejaba acercarse. Me sorprendí, pero no por las noticias. Todo esto me parecía como un deja-vu.
Caminé rumbo a la playa, pero había un gran cúmulo de gente. Sólo podía subirme techo del kiosco y desde ahí, ver. El barco, era gris por donde se viera. Sin ninguna puerta o ventana. De pronto, como si supiera que estaba buscando una entrada, de un costado de la embarcación una puerta se abrió. El tumulto de gente se abrió y se formó haciendo una senda como para que alguien caminara por ahí, es más como si yo fuera la que tuviera que caminar hacia el navío. Y así fue, baje del techo y me encaminé hacia la playa. Un pequeño bote se acercaba. Subí en él. Vi a un hombre de espaldas, conduciéndolo. Con un enorme sombrero de marino y un impermeable amarillo o verde, no recuerdo. Le hablé pero no respondió. Entonces supe hacia dónde me llevaba.
Regresé meses más tarde. La gente me esperaba, ansiosa. Y empecé a contar mis aventuras y los lugares maravillosos y misteriosos a los que había ido, para entonces el zócalo estaba atiborrado de gente ávida de escuchar mis historias.
Vestida de arlequín, relataba mi rutinaria tanda de historias y cuentos. La gente a mi alrededor se aglomeraba y escuchaba, atenta. Los niños reían y de vez en cuando, se asustaban. Los adultos y jóvenes miraban hacia abajo, pues ahora estaba sentada.
De pronto y como si el mar hubiera lanzado un temible rugido, un estruendo inmutó a la multitud, hubo un silencio absoluto. La gente se esparció y comenzó a caminar hacia la playa. Yo me quedé sentada cerca del kiosco, en el suelo, no podía moverme, el sonido me había impresionado.
Había sido un barco, eso era seguro. Entonces, me levanté. Caminé hacia el torrencial de gente. Todos miraban asombrados el gran navío. En mi vida había visto algo similar. Era enorme. En un segundo el cielo se nubló y empezó a llover. La gente empezó a marcharse. Yo me quedé ahí, mirando. Había algo que me atraía. Y no era la magnitud de aquella embarcación.
Al día siguiente caminando por el zócalo, me detuve en un puesto de revistas. Leí como siempre los encabezados de los diarios. Todos anunciaban la llegada del gran navío. Las autoridades marítimas desconocían su procedencia. Intentaron acercarse pero tenía como un escudo que no dejaba acercarse. Me sorprendí, pero no por las noticias. Todo esto me parecía como un deja-vu.
Caminé rumbo a la playa, pero había un gran cúmulo de gente. Sólo podía subirme techo del kiosco y desde ahí, ver. El barco, era gris por donde se viera. Sin ninguna puerta o ventana. De pronto, como si supiera que estaba buscando una entrada, de un costado de la embarcación una puerta se abrió. El tumulto de gente se abrió y se formó haciendo una senda como para que alguien caminara por ahí, es más como si yo fuera la que tuviera que caminar hacia el navío. Y así fue, baje del techo y me encaminé hacia la playa. Un pequeño bote se acercaba. Subí en él. Vi a un hombre de espaldas, conduciéndolo. Con un enorme sombrero de marino y un impermeable amarillo o verde, no recuerdo. Le hablé pero no respondió. Entonces supe hacia dónde me llevaba.
Regresé meses más tarde. La gente me esperaba, ansiosa. Y empecé a contar mis aventuras y los lugares maravillosos y misteriosos a los que había ido, para entonces el zócalo estaba atiborrado de gente ávida de escuchar mis historias.
1 comentario:
estoy ansiosa por conocer esas aventuras.. que fué lo que pasó adentro? qué se puede vivir dentro de una embarcación? pero obviamente no era una embarcación común y, tal vez, en otra vida, ella pertenecía ahí y es por eso que no sentía miedo, sino ganas de descubrir, o tal vez recordar :)
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