2010

Hola, bienvenidos a esta trinchera, si es que hay alguien que viene...los fantasmas inexistentes y yo les damos la bienvenida. Un saludo y déjense sumergir en las entrañas...

lunes, 17 de mayo de 2010

El Demonio que Arde (I)

Y desperté. Con el rostro bañado en sudor, con el cuerpo lleno de labial carmín y la espalda llena de rasguños, con la carne viva.
Volteé hacia mi derecha y descubrí a una joven de piel blanquecina y cabello alborotado. Tenía serías magulladuras en la piel y su pecho no se movía al ritmo de la vital respiración. ¿Qué hacía allí? Pregúntenselo al dios en el que crean. Porque un simple mortal como yo, no lo sabía.
Mi memoria se había evaporado, no recordaba nada, al menos no tenía recuerdos de los últimos días, meses o años. Todo depende de en qué año, día y mes estábamos.
Sin embargo, tenía presente a mi madre. Lo curioso del asunto es que, mi madre, era lo último que me gustaría tener en la cabeza. Vaya memoria, es una cruel y traidora mujer.
¿Pero por qué la tenía tan presente? No lo sé, de hecho, no sabía qué seguía haciendo ahí, estático en el borde de la cama, con las sábanas revueltas y una mujer joven, al parecer muerta, a mi lado.
Por fin pude escapar de mi inmovilidad y me incliné hacia el cuerpo que yacía junto a mí.
De sus labios emanó un olor que abrió una enorme herida en mi… sí, en mi memoria. Inmensa como un abismo. Y me sorprendió mucho, pero mi madre apareció como un espectro junto a mí. No, como un espectro no, algo aún peor, como un fantasma hecho materia y convertido en persona de carne y hueso. Fumaba uno de sus millares de cigarrillos, tenía pintados los labios con un labial, efectivamente, carmín, de una manera grotesca. Su falda la vestía de una manera que parecía estúpido que la trajera puesta, pues no cubría absolutamente nada.
Al tener esta aparición tan (si es que es posible) “real” ante mis ojos, mis entrañas se revolvieron y mi mano izquierda comenzó a temblar como si tuviera vida propia. Me aparté bruscamente de la joven y cerré los ojos contando hasta tres. Sí, uno, dos, tres. Como cuando era niño y veía a mi madre besando los labios de otros hombres, besando miembros, besando cigarros. Y después rozaba mi frente con un beso de buenas noches con esos mismos labios, los labios de una mujer sucia. Uno, dos, tres. Desapareció. Todo desapareció. Hasta yo mismo.
Primera parte de esta historia. Posteriormente se irán presentand las demás.

1 comentario:

sandra humeante dijo...

oo ese quiero verlo en pantalla.
con esos rojos tan intensos me lo imagino.
mas bien muestramelo como es